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Jerónimo Pimentel: El adiós al maestro que entregó su vida a los toros y su corazón a los más necesitados

El pasado 17 de marzo nos dejó una leyenda, pero para nosotros, los vecinos de Cenicientos, se nos fue mucho más que un torero de renombre. Se nos fue Jerónimo Pimentel, el hombre que, a pesar de cruzar el Atlántico y triunfar en las cimas más altas de la tauromaquia, jamás permitió que el polvo de los caminos borrara el recuerdo de su pueblo. Hoy, a sus 97 años, el “Maestro” descansa, pero su huella queda grabada a fuego en nuestra historia.
Don Jero es y será siempre una figura que trasciende el albero para entrar directamente en las páginas de oro de nuestra historia local. Como alcaldesa que tuvo el inmenso honor de rendirle justicia en vida, escribo estas líneas no solo para recordar al torero, sino para honrar al hombre que, desde la distancia de su Colombia adoptiva, jamás dejó de ser un vecino de su querido Cenicientos.

Una trayectoria de seda y oro
Jerónimo Pimentel no fue un torero más. Fue un valiente que forjó su destino con tesón. Tras una etapa de novillero llena de promesas, tomó la alternativa el 5 de agosto de 1954 en la plaza de toros de Vitoria, de manos de una figura de la talla de Antoñete y con el testimonio de Manuel Vázquez, lidiando toros de la ganadería de Bernardo Díaz. Aquel día, el joven de Cenicientos confirmó que su destino estaba escrito en el albero.
Su idilio con Colombia comenzó poco después, donde se convirtió en un ídolo de masas. Allí, además de sus triunfos con el capote, fundó la prestigiosa ganadería “El Paraíso”, exportando la bravura española a tierras americanas.
Entre sus vitrinas descansan trofeos que muchos solo pueden soñar: fue galardonado con el Trofeo al Triunfador de la Feria de Manizales y el codiciado Señor de los Cristales de Cali, hitos que lo consagraron como una institución mundial.

El alma solidaria: El ángel del Asilo de Choachí
Sin embargo, más allá de las luces y las vueltas al ruedo, estos días la prensa —incluyendo crónicas recientes en La Razón— ha recordado la faceta que mejor definía su humildad: su inmensa labor social. Jerónimo Pimentel no solo buscaba el triunfo propio, sino el bienestar de los demás.
Durante décadas, fue el alma y el sostén del asilo de ancianos de Choachí, en Colombia. Con una discreción absoluta, propia de los grandes hombres, Jerónimo Pimentel mantenía y cuidaba de aquellos abuelos que la sociedad había olvidado.

Jerónimo Pimentel durante su última visita a Cenicientos en agosto de 2018. FOTO: Víctor Díaz.

Aquellos triunfos suyos en las plazas servían para que a otros no les faltara un plato de comida o una mano amiga. Esa solidaridad sin fronteras es el trofeo más valioso que hoy descansa junto a él.

El reencuentro eterno con su pueblo (2018)
Como alcaldesa, uno de los momentos más emocionantes de mi mandato fue aquel 11 de agosto de 2018. Tenía el firme convencimiento de que los homenajes deben hacerse en vida, para que el protagonista sienta el calor de su gente. Y así lo hicimos.
Aquel sábado, bajo el sol de agosto y con una plaza vibrante, procedimos al descubrimiento de la placa que rebautizaba nuestro coso como Centro Multifuncional “Jerónimo Pimentel”. Recuerdo perfectamente la emoción en sus ojos, ya cansados pero brillantes, al ver su nombre grabado en la piedra de su casa.
Fue un acto de justicia histórica. Cenicientos no solo le daba su nombre a la plaza, sino que le entregaba las llaves del corazón de todos los coruchos.
Aquel día, Jerónimo Pimentel nos dio una lección de humildad: a pesar de su estatus de figura internacional, seguía siendo aquel niño que soñaba con toros entre nuestras viñas.

Un legado que trasciende el ruedo
Jerónimo Pimentel fue nuestro mejor embajador. Gracias a él, en las tertulias taurinas de Bogotá, Cali o Medellín, se hablaba con respeto de Cenicientos. Fue un hombre de una elegancia natural, un emprendedor que levantó un imperio ganadero y un ser humano cuya generosidad no conocía fronteras.
Hoy no puedo evitar recordar su sonrisa aquel día de 2018. “D. Jero” se ha ido, pero cada vez que un torero haga el paseíllo en nuestra arena, estará pisando el nombre de un hombre que demostró que, con valor y raíces, no hay distancia que no se pueda acortar.
Buen viaje, Maestro. Tu plaza y tu pueblo jamás te olvidarán.

Un artículo de Natalia Núñez, alcaldesa de Cenicientos entre 2015 y 2023.

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