Archive | Relato Breve

El Belén

  • UN CUENTO DE NAVIDAD DE JAVIER FERNÁNDEZ JIMÉNEZ.

Joder.
¿Y ahora qué hago?
¿Cómo monto un Belén sin Niño Jesús?
Seguro que se perdió en la última mudanza. Con lo bonitas que son estas piezas y con los años que tienen. Con los recuerdos que me traen… Este no es un Belén cualquiera, qué va, perteneció a mi tía abuela Jacinta. Y mi tía abuela Jacinta era muy de Belén de toda la vida. A ella no le iban esas piezas extrañas de tipos orinando o haciendo cosas mayores, no. Ella tenía todo lo que hace que un Belén sea importante. Los Reyes Magos, los pastores, las ovejas, el carpintero… incluso un señor corriendo porque cree que va a llegar tarde al acontecimiento desarrollado entre un buey y una mula. Las piezas son perfectas. Pintadas a mano, recopiladas año tras año en sus viajes a la Plaza Mayor, de un tamaño considerable. La envidia de todos los belenes del barrio, ese era el de mi tía abuela. No he visto nunca un Belén tan lleno de vida, tan precioso, tan repleto de todo lo que hace que un Belén sea de verdad un Belén.
Cuando lo monte me va a quedar de escándalo. Pobre tía abuela, ella ya no podrá verlo este año.
Y ahora he perdido al Niño Jesús. Y no me vale con uno del chino ni de cualquier puesto, qué va, necesito un Niño Jesús en condiciones. Con su pelito, sus ojitos azules, su sonrisa angelical… qué recuerdos, el Belén de la tía abuela… Las navidades en su casa, la emoción de los regalos… y su mal aliento, de eso también me acuerdo. Y de las collejas que nos daba por comer turrón y de los capones por no sabernos bien el villancico de turno y la sopa insípida y asquerosa que nos daba para cenar. Sí, me acuerdo muy bien de la tía abuela Jacinta y de su Belén.
Importaba más el dichoso Belén que la gente…
Joder, cómo odio este Belén, y a la tía abuela Jacinta y las navidades que pasamos en su casa. Sí, puede que ahora tengamos menos calidad en algunas cosas y mucho menos dinero, es verdad, pero ¿sabes? Prefiero un Belén de plástico, barato y que se puede reponer de un rato para otro, en cualquier sitio y de cualquier manera. Ahora todo es mucho más fácil de reponer y está más a mano. A tomar por saco. Ahora mismo pongo este a la venta en Wallapop. Y que la tía abuela Jacinta y su Belén se vayan a la porra. Pero ¿qué hago sin Niño Jesús?
Joder, para una vez que heredo algo voy y pierdo la pieza más importante.

Javier Fernández Jiménez.

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Relato corto: ‘Jules’ de José Cascales Vázquez

Como todas las noches inició el ritual de invocación a las musas para que aparecieran en sus sueños. Las piedras brillaban con una hipnótica fosforescencia lapislázuli; cuidadosamente las depositó en la mesilla junto al despertador, el vaso de agua y un montón de papeles manuscritos.
Deseaba mantenerse despierto un poco más, quería sentirse totalmente agotado. Las palabras de su editor esa mañana retumbaban en su cabeza, “Tres meses sin conseguir avanzar en tu novela es un castigo que no merezco; no serás nadie en el mundo literario Jules” Esta será la noche –se dijo–
Rememoró su primer viaje a Escocia y el encuentro con un monje en la Abadía de Iona, parecía trastornado, murmuraba lenguas incomprensibles con los ojos puestos en blanco. Cuando se recuperó de lo que parecía un trance le habló de unos fragmentos de roca que llegaron a la Tierra procedentes del espacio, los guijarros ŝtonoj. Aquel hombre de edad indeterminada, con pocos mechones de pelo en la cabeza, totalmente desdentado y mirada demente decía ser el enviado de las estrellas. Súbitamente le agarró la muñeca derecha y le depositó las tres piedras en su mano, diciéndole: “Debes colocarlas cerca de tu cuerpo, justo antes de dormir. Su proximidad te dotará de la sabiduría del erudito, la inteligencia del superdotado y la visión del futuro… pero cuando tu mente recobre la consciencia los recuerdos serán fugaces y deberás aprovechar para transcribirlos, en muchas ocasiones el tiempo te impedirá reafirmarlos en tu memoria…” Aquel anciano con túnica azafrán… Jules cerró los ojos presa del cansancio.
Cinco horas más tarde se abalanzó sobre los papeles presa de la excitación por los vestigios de sus sueños. Siete interminables minutos más tarde miró al techo, respiró profundamente, sonrió y sentenció:
-He terminado “París en el siglo XX.”

(Dedicado a Julio Verne).

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Relato corto: ‘Mi nombre en la pantalla’ de Alberto Hernández

Necesitaba hablar con alguien. Había paseado por toda mi lista de contactos, decenas de nombres perfectamente ordenados, y tras descubrir que dentro de esa cajita de plástico no había nadie que me quisiese escuchar, me sorprendí marcando mi número. El móvil zumbó. Mi nombre apareció en la pantalla. Me asusté. El teléfono salió volando, cayéndoseme de las manos, estampándose contra el suelo. Me quedé mirándolo sin comprender. Se apoderó de mí un vacío inmenso. Mi nombre en la pantalla. Eso quería decir que si hubiese contestado… Pero era yo quien llamaba. Recuperé la batería que se había deslizado bajo el aparador y recompuse el teléfono. Lo encendí. Marqué de nuevo mi número. Otra vez el zumbido y mi nombre en la pantalla. No tuve valor y lo apagué. No me atreví a enfrentarme conmigo, sin embargo era la última posibilidad de hablar con alguien, y quién sabe, quizá nos llevásemos bien. Sería la mejor manera de no estar solo, siempre que quisiese estaría ahí, para charlar de nuestras cosas, contarnos nuestros secretos, nuestros pecados. Sin embargo… Al fin tomé la decisión. Lo encendí. Las manos me temblaban. Una mezcla de pánico e ilusión se enredaba en mi cabeza. Marqué. Zumbó. Cuando, de nuevo, leí mi nombre en la pantalla, descubrí que no tenía nada que decirme.

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Relato corto: ‘Agua y aceite’ de Roberto A. Carrasco

Había una vez, dos amores muy distintos que se querían mucho. Pasaban muchas horas juntos, se querían, hablaban, soñaban, se pasaban la vida haciendo planes, creando sueños pero, siempre estaban en el mismo sitio, no se movían. Un día, uno le dijo al otro:
– ¿Por qué no avanzamos más en nuestra relación?, ¿por qué no cambiamos de sitio?, ¡siempre estamos aquí!, ¡no vamos a otros lugares!, ¡el mundo es muy bonito!
Su pareja le dijo:
– Vale, ¿dónde quieres que vayamos?, llevamos en esta montaña mucho tiempo, solo podemos bajar por la ladera. Desde aquí arriba vemos todo: el campo, la ciudad, los animales, el cielo, el mar, los ríos. Pero si tú quieres podemos ir a otro sitio.
Entonces dijeron: – Vale, ¿nos arriesgamos?
Los dos dijeron: – ¡Síííííí!
Los dos se tiraron por la montaña abajo. Cuando llevaban unos centímetros de camino, uno empezó a alejarse del otro, el que se quedaba atrás no decía nada….
El primero dijo: – Cariño, ¿por qué no vas más deprisa y vienes a mi lado?
La pareja respondió: – Cariño, tú eres agua y yo aceite, tú vas más rápido que yo.
El agua dijo: – ¿Y por qué no me has dicho que no irías a mi lado…?
El aceite dijo: – Porque quería hacerte feliz, tú querías viajar… Viaja…. Yo te encontraré, iré más despacio, pero te encontraré.
Pasados unos metros dejaron de verse.
The end.
Moraleja: Si lo que tienes te gusta, no lo cambies.

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Relato corto: ‘Manual contra demonios’, de Oscar María Barreno

Sabemos que son muchos los lectores que en sus ratos más íntimos escriben, algunos nos dicen que lo hacen para descargar el enfado o la tristeza; otros no sabrían vivir sin expresar sus emociones. Los más dicen que no saben, que lo hacen para ellos solos. Los menos y más valientes se atreven a exponerlo a la mirada curiosa de sus vecinos.

El otoño pasado en los espacios de la biblioteca de Chapinería,las Asociaciones Indómita y  Mnemocine,  organizaron primero un taller de escritura creativa de la Sierra Oeste, y después otro taller de relatos cortos.

Este año aún no sabemos que talleres se realizarán, pero si sabemos que la promoción de la lectura y la escritura es uno de los pilares en los que se sustenta esta especial biblioteca, por lo que con su colaboración iniciamos este apartado.

Envíanos tus relatos breves (no más de 250 palabras) porque lo bueno si es breve… y te lo publicaremos.

Envíalos a director@a21.es antes de finales de cada mes.

RELATO CORTO

Manual contra demonios.

De Oscar María Barreno

Un demonio que salió a su encuentro le decía ahora esto, ahora lo otro, y el pobre obedecía, ¿cómo no lo iba a hacer? Hasta que un día lo cogió del cuello y le apretó con fuerza, si bien su fuerza no daba para mucho, por lo que, el demonio, riéndose en su cara, con acrecentado orgullo le ordenaba, coge de aquí, tira de allí, para desgracia de su paisano, que no podía negarse a ello. Pero este siguió apretando, treinta años estuvo en eso, y descubrió que la fuerza, en cuestiones de demonios, no era mérito, sino la constancia, porque al diablo ladrón se le fue apagando la voz hasta que, sin demasiado empeño, quedó estrangulado por completo.

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