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El CEPA San Martín de Valdeiglesias, premiado en el XX Certamen Literario InterCEPA

En una época en la que la inteligencia artificial redacta, resume, genera e imita todo tipo de textos y estilos literarios en apenas segundos, podría parecer que la escritura humana está perdiendo terreno. Sin embargo, iniciativas como el Certamen Literario InterCEPA ponen de manifiesto justo lo contrario: las emociones que hay detrás de cada historia, escrita por una persona tan real como nosotros mismos, siguen siendo insustituibles.

El Certamen Literario InterCEPA ha celebrado este año su vigésima edición. Esta trayectoria de veinte años lo consolida como una de las actividades culturales más relevantes dentro de la comunidad educativa que forman los centros de adultos. Los 70 CEPA de la Comunidad de Madrid estaban invitados a participar de esta actividad y el CEPA San Martín de Valdeiglesias no ha querido perdérselo.

La temática elegida para esta edición, “20 años no es nada”, ha servido como inspiración para decenas de relatos cargados de memoria, reflexión y emociones desbordantes. El concurso desarrolló su fase inicial con la selección del relato finalista de cada centro, que competiría con los otros 63 CEPA que han participado finalmente en el certamen. El acto final y la entrega de premios se celebró el 6 de mayo en el Centro Cultural Príncipe de Asturias, en Ciudad Lineal, después de la valoración y votación de los jurados de cada CEPA.

Nuestra alumna finalista, Jéssica, consiguió traerse a casa el segundo premio de esta edición, una gran noticia para el centro y un merecidísimo reconocimiento a la calidad literaria y a la originalidad que puso a su galardonado relato “Ingenieros del caos”. Estos días, desde el centro celebramos su victoria con mucho orgullo y animamos a Jéssica a seguir explorando los límites de su capacidad artística.

Asimismo, queremos destacar el esfuerzo y la implicación de todo el alumnado que ha participado en esta convocatoria, así como la labor de la organización del certamen y del profesorado en la promoción de la escritura como herramienta de desarrollo personal y expresión cultural.

Concursos como este constituyen una oportunidad única para compartir experiencias, visibilizar el talento del alumnado adulto y fortalecer los vínculos entre los distintos centros educativos de la Comunidad y, en un contexto en el que la tecnología parece capaz de hacerlo todo, nos recuerdan que la literatura no vive únicamente en las palabras, sino en las personas que las escriben.

El reconocimiento conseguido por Jéssica representa mucho más que un premio literario: simboliza la vigencia de la voz humana en tiempos digitales y demuestra que, aunque la inteligencia artificial avance, todavía hay historias que solo pueden ser contadas desde lo más hondo del corazón.

Un artículo de Irene Ariza Sánchez,  profesora de Lengua y Literatura en el CEPA San Martín de Valdeiglesias.

Jéssica.

Ingenieros del caos

Dicen que la paciencia es una virtud, pero tras veinte años criando a estos cuatro, yo creo que la mía es directamente un milagro. Todavía me acuerdo de cuando nacieron los gemelos, ¡como para olvidarlo! Samuel y Daniel nacieron con cinco minutos de diferencia y apuntando maneras desde el minuto cero. Yo era una madre joven, “echa pa´lante”. ¡Qué ilusa!

A los tres años, mis hijos no jugaban: operaban. Mientras otros jugaban con el Tragabolas, ellos lo desmontaban. Un día los encontré en la cocina tras vaciar una garrafa de aceite: “¡Mira mamá, patinamos!”, dijeron a la par. Agarré la fregona, dudando si recogerlo o darles con ella. Poco después, una obra de arte abstracta hecha con colorante alimentario apareció en mi edredón, y así, una tras otra.

En aquel caos nació Iker, un chico más tranquilo y muy inteligente. Poseía un instinto innato para analizar a sus hermanos justo antes de que la liaran; Iker era mi cable a tierra. Leía la mirada cómplice de los Repetidos y se apartaba antes de que todo saltara por los aires. Todos iban creciendo en aquel entorno que, más que una casa, parecía un taller clandestino, donde las herramientas rodaban por el pasillo y el olor a grasa le ganaba la batalla al suavizante.

Por si no tuviera suficiente con tres figuras y un taller funcionando 24 horas, añadimos dos piezas más al engranaje: Níscalo y Bruce. El primero, una liebre rescatada un día de recogida de setas, resultó ser un cerebro criminal de orejas puntiagudas que parecía asesorar malamente a los gemelos en cada invento. Casi a la par nació Bruce, el cuarto jinete de mi apocalipsis particular, quien aprendió pronto que en este desguace doméstico o ruges o te comen. Bruce desarrolló puntería de francotirador para defender su territorio; como aquella vez que, harto de que le tocaran la moral, esperó el momento justo y lanzó un coche de metal que impactó en los morros de Samuel mientras este soldaba un circuito. El grito se oyó en todo El Hoyo de Pinares, y Níscalo, desde su rincón, aprobó el movimiento.

Los gemelos pasaron el instituto entre sobresaltos, con algún que otro parte, pero aprobando hasta llegar a Electricidad. ¡Pobres profesores! Sus cabecitas idearon que un muñeco hecho de cable podía bailar si se conectaba a la corriente. Tras consultar a Níscalo, lo probaron en clase. Como no podía ser de otra manera, el muñeco no bailó, pero provocaron un cortocircuito que dejó al centro sin luz. Iker no necesitó preguntar; sabía que aquello era obra de los Repetidos.

También estudiaron Mecánica, lo que les dio unos conocimientos explosivos para sus invenciones de ingenieros caóticos. Ahora sus trastadas tienen fundamento teórico, herramientas de precisión y un presupuesto que ya no depende de mis huchas. El salón ha evolucionado de las piezas de Lego a los carburadores y motores desmontados que esperan una segunda vida.

Iker, fiel a su papel, estudió TCAE. Tras años prediciendo chispazos, dedujo que lo más práctico era ser auxiliar de enfermería. Es el equilibrio perfecto: mientras los gemelos buscan el límite de las máquinas, él se forma para recoger los trozos cuando el experimento sale regular. Me hace gracia verlo repasar apuntes entre motores, con cara de quien ya sabe de qué color se pondrá el brazo de sus hermanos antes del golpe. Ha pasado de avisarme a limpiarles la grasa de la herida con la calma del que lo ha visto todo sin tener que salir de su propia casa.

Por su parte, Bruce ya no necesita lanzar cochecitos para que lo respeten; se ha ganado su sitio en la jerarquía de este taller doméstico a base de mala leche y observación. Con sus ocho años, es una mezcla que me pone los pelos de punta: ha heredado la imaginación desbordante de los gemelos y la inteligencia analítica de Iker. Es como si estuviera procesando lo mejor de cada casa para convertirse en algo explosivo en un futuro no muy lejano. Mientras los observa, Bruce no solo mira, planea; y sé que es cuestión de tiempo que decida aplicar la teoría de sus hermanos con una precisión que nos va a dejar a todos temblando: si los gemelos fueron el ensayo, Bruce tiene toda la pinta de ser la traca final de esta ingeniería familiar.

Níscalo, que ya es veterano de mil batallas y tiene el lomo curtido de tanto esquivar chispazos, ahí sigue, moviendo el hocico con aires de suficiencia, como si fuera el jefe del taller que vigila que sus pupilos no quemen la casa antes de la cena.

Miro a los Repetidos hoy, con sus veinte añazos, y me doy cuenta de que veinte años no es nada cuando la esencia sigue intacta. Mi casa nunca será una revista de decoración, pero está llena de vida, de grasa en las manos y de cables que conectan a cuatro hermanos que son mi mayor invento. Todavía tienen tiempo para seguir montando y desmontando el mundo y, al final, entre motores y chispazos, he aprendido que el verdadero milagro no fue mi paciencia, sino haber sobrevivido a estos ingenieros del caos con una sonrisa.

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