Categoría | Cartas del lector, Opinión

Cartas de los lectores: La invasión de los mediocres

Cuando uno ojea los informes PISA de los últimos años, los resultados obtenidos por Andalucía en comparación con otras regiones de España son contundentes. A esta penosidad continuada de los resultados, cabe preguntarnos, en primer lugar, si los que dirigen el cotarro aguas abajo (consejeros, delegados, inspectores…) son los más listos de la clase o, tal vez, existen otros preceptos pactados por amiguetes en oscuros rincones para hacerse con los distintos mandos de los “cortijos andaluces”. O sea, eso que comúnmente conocemos como “corporativismo”.
Y, en segundo lugar, si los criterios de elección para la función de director de centro y de las personas que toman esa decisión son elegidos ambos en razones de idoneidad, competencia y capacidad, pues después toca lo que toca en los centros. O, como suelo decir, “si el capitán del barco es un incompetente, el destino se llama Iceberg”. Y con esto cerramos el círculo vicioso con caída en espiral de “la cosa educativa andaluza”.
Distingamos inicialmente el ejercicio de la dirección del ejercicio de la aplicación de leyes y normativas. La exclusividad del segundo caso, con altísima frecuencia, trae el desconocimiento del primero. Dirigir es algo más que la aplicación ridícula del anexo I o la resolución X. Es, en esencia, (como indican Fayol, Steiner u otros), actuar como facilitador y buscador de soluciones, superando a la simple cadena de mando derivada de tal o cual disposición o regla, que, como limitados “tiranos normativos” o “mediocres leguleyos” –los famosos ADL (“aplicadores de leyes”)–, entienden las normas no como medio, sino como un fin en sí mismo, en lugar de aplicar criterios de más amplias miras. Ya lo decía Carlos Aravena: “Se gasta más energía controlando que motivando”.
A nivel más bajo, quisiera centrarme en lo vivido-padecido con el equipo directivo del Conservatorio Elemental de la Macarena (Sevilla), desde el pasado septiembre. Equipo cuya palmaria ineficiencia se debe unas veces a cobardía funcionarial, otras al silencio cómplice, también parapetado bajo otro término comúnmente conocido como “amiguismo”.
Jamás se podrá ejercer una dirección proactiva cuando se obra desde la mala fe, cuando solo se tiene sesgo de negatividad, falta de empatía y de generación de equipo, nula presencia en eventos externos, ni capacidad de negociación o de motivación, ni la más mínima competencia en liderazgo ni de comunicación asertiva. Cuando se toman actuaciones ILEGALES (como elegir los días libres que le corresponden al docente), obviando las soluciones tomadas y puestas urgentemente en práctica. Cuando se autojustifican continuadamente sus propias ausencias de clases o se prorrogan las vacaciones veraniegas a los suyos hasta el 15 de septiembre. Cuando se ignoran preceptos de la Consejería como son las reuniones telemáticas (por cuanto implica de preparación). Cuando se exceden licencias a los que les baila el agua, se ignora a los críticos (Ius utendi et abutendi, dirían los antiguos romanos) o no se atiende a contundentes razones de fuerza mayor (climatológicas, ferroviarias, médicas o legales). Cuando los niveles rotacionales de docentes en el centro en un mismo año superan ampliamente el nivel crítico del 20 %, o son mayores aún de un año al siguiente, pues, como dice Rodolfo Carpintier, “el talento no permite el ordeno y mando”.
Es la consecuencia de poner a un “dueño del cortijo” que, en lugar de empujar, estorba, con burocracias administrativas y “senequianas”, sin aportar ningún beneficio al colectivo y cuyo agotamiento del proyecto educativo era muy evidente a los ojos de todos los stakeholders que conformaban este centro.
Y, a todo esto, Inspección y Delegación Provincial de Educación de Sevilla mirando para otro lado, cuya inspectora de centro interviene con un retraso de 117 días hábiles, ignorando la treintena de escritos presentados (incluidos algunos de los propios padres y madres) o los indicadores que mi historial docente les pudiera facilitar. No quisiera ni imaginar cuántos cadáveres se han acumulado en esos armarios durante más de tres lustros sin la más mínima olfateada de sus superiores.
Me despido con la absoluta tranquilidad de mi conciencia (no hay jueza más severa que esta), apelando a Ernest Henley en su poema Invictus: “Ya no importa cuán recto haya sido el camino, ni cuántos castigos lleve a mi espalda”, y ni siquiera a cuántas sanciones me quieran imponer, incluida la poca vergüenza de aplicar la suspensión de empleo en periodos vacacionales.
Agradezco a padres y alumnos esta experiencia regalada. Única razón que hace digna a esta profesión de docente y confío en que el nuevo equipo directivo extraiga de lo aquí dicho conclusiones que aporten a la mejora continuada de la práctica docente, deseándoles la mejor de las suertes a esos compañeros que en algún momento me prestaron sus oídos.

Javier De La Torre.
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