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Monasterio de Guisando: El gigante (por ahora) dormido

Existen muchas historias que hablan de rincones olvidados, de lugares que fueron importantes y conocidos hace tiempo pero que han ido quedando relegados a los libros de historia y a los recuerdos cada vez menos certeros de aquellos que los vivieron como suyos o, al menos, como lugares cercanos a su memoria. Todo el entorno del Valle del Alberche y de la Sierra Oeste de Madrid está repleto de parajes así, pues fuimos un enclave muy importante en el pasado y un paraíso que muchos ambicionaban conquistar y doblegar para sí mismos.

Vetones, cartagineses, romanos, árabes, franceses… son muchos los imperios y los pueblos que han desfilado por nuestros valles y montes, que han habitado nuestros cerros y bosques, los que han hollado una tierra de frontera y de paso que aún hoy parece estar en continua transformación, un cruce de caminos y de personajes variopintos que habitan en un mismo lugar pero que no tienen por qué parecerse entre sí, pues no solo somos zona de paso y de acogida, también somos variados y de diversas procedencias, siempre lo fuimos y, si no hay nada que lo remedie o que lo evite, siempre lo seremos.

Toda nuestra región geográfica está repleta de rincones ocultos, de tesoros apenas recordados, de edificios, historias, caminos y parajes que han visto miles de vidas, por las que han deambulado y cohabitado personas de toda clase y condición, a veces en paz y armonía, otras muchas azotadas por las preocupaciones, la avaricia, la guerra y la pobreza.

Todo esto se me pasaba por la cabeza hace solo unas horas, cuando me asomaba por el hueco de la ventana de la ermita construida en la mitad del Cerro de Guisando por orden de don Diego López Pacheco (el segundo Marqués de Villena) en el Siglo XV, la punta de lanza de un conjunto arquitectónico, natural, paisajístico e histórico olvidado por la mayoría, visto apenas de soslayo por muchos y lugar de visita deseada, que no realizada, por vecinos y visitantes de municipios como El Tiemblo, Cebreros, San Martín de Valdeiglesias o Cadalso de los Vidrios. No es difícil adivinar desde el pie de la montaña, vengas o vayas por alguno de los caminos que la circundan, la misteriosa silueta de una entidad imponente en medio del verde, de un edificio que se adivina importante en la lejanía. Tampoco es difícil soñar con el incierto camino que te llevará hasta allí desde los famosos Toros de Guisando. Otra cosa es que ese sueño se vea cumplido finalmente, que alguien decida por fin recorrer la distancia que separa la ilusión de la realidad, que se permita aventurarse en un sendero en continuo ascenso hasta un lugar noble en lo alto de una montaña, un paraje que cuatro italianos decidieron convertir en rincón de culto y santidad.

Allí, en lo alto, inimaginable y oculto, se erige el Monasterio de San Jerónimo de Guisando, uno de los más antiguos de la cristiandad en la Península Ibérica y hermano de otros tan reconocidos y visitados como lo puedan ser los de Yuste, Guadalupe o Belén. Un monasterio que ha sufrido muchas vicisitudes a lo largo de su historia entre las que podemos encontrar incendios y ataques, que fue refugio de Felipe II y Santa Teresa de Ávila, que pasó por las manos del nieto de Goya o donde se paseó el padre de Víctor Hugo. Un lugar que comenzó con el sueño de cuatro eremitas italianos y acabó siendo uno de los monasterios más importantes y amados por nobles y plebeyos.

Ahí sigue, herido pero en pie, orgulloso y vital a pesar del tiempo, lleno de una fuerza inexplicable y hermanado con la hiedra y el pino, con la naturaleza apenas domada y el verdor de uno de los cerros más protegidos de todo el entorno. Refugio del águila imperial, del búho real o del cernícalo primilla, de la roca capaz de dar cobijo con su sola presencia o de dejarse herir por el humano deseoso de intentar dominarla.

Desde abajo, antes de subir hasta su puerta, de asombrarse de cuanto puede ofrecer al incauto soñador que cree que apenas tiene nada por descubrir, es imposible hacerse una idea de cuanto dicho lugar puede ofrecer al visitante, de todas las sorpresas que encierra y de la sensación de bienestar personal y de emoción interna que se llevará después de conocerlo. Sin embargo, apenas empieza uno a transitar hacia él, algo parece llamarte y avisarte de que estás a punto de vivir algo extraordinario.

Pocas veces he sentido en mi interior una emoción y una sensación de sorpresa y de alegría como la que me he descubierto al adentrarme en su iglesia protegida por el verde de la madreselva, al subir los escalones que llevan hasta las cuevas o al descubrir algunos de los arcos y piedras fuera de lugar que conformaron hace años una serie de jardines románticos que siguen mostrando orgullosos el esplendor que tuvieron.

Había pensado escribir un artículo al uso, contaros que este verano estáis de suerte, porque el deseo que tantas veces habéis dejado entrever en vuestros pensamientos se puede cumplir de un modo más sencillo de lo habitual. Y es que durante este verano, hasta septiembre, se puede visitar el Monasterio San Jerónimo de Guisando todos los días de la semana, en dos turnos de horario diferentes. Y se pueden conseguir las entradas en una página web muy completa en la que además podréis ver fotografías y leer algo de la historia de este gigante simbolizado por dos corderos (no os contaré más detalles, pues de esto escucharéis bastante al recorrer sus enclaves y al descubrir sus sorpresas).

Hay algunas de las excursiones que incluyen un vehículo lanzadera que os dejará en la puerta del monasterio, pero yo os recomiendo subir andando, atravesar el bosque, cruzaros con la fauna y flora del lugar, sentir el cansancio y el calor de esa ascensión para posteriormente encontraros con la paz que destila el lugar, el frescor de sus jardines, el abrazo protector de sus paredes y columnas.

Había pensado escribir un artículo al uso, hablaros de su dueño actual, Julián Juste o contaros que está intentando reconstruir y mantener el monasterio con los beneficios logrados con las entradas de las visitas; hablaros de su antecesora, María de la Puente y Soto, la IV Marquesa de Castañiza que puso a trabajar allí a un grupo de mujeres en riesgo de exclusión social a principios del Siglo XX, entre otras muchas cosas; hablaros de Alberto Langa, que muestra el monasterio como el que sabe que ha encontrado un gran tesoro y pretende que los demás sepan que lo es; querría haberos hablado de la historia del monasterio, de su vida, de su importancia geográfica e histórica, incluso del paso de la trashumancia. Sí, había pensado escribir un artículo al uso.

Puede que, en realidad no os haya contado nada acerca de esta joya por descubrir, ni siquiera de la sensación de ser un buscador de tesoros viviendo una gran aventura en plena naturaleza, de los múltiples descubrimientos y momentos de boca abierta que he vivido visitando el Monasterio San Jerónimo de Guisando. Puede que no os haya dicho la necesidad que tengo de volver pronto a recorrer todo lo que hoy he visto e incluso de saber más acerca de la orden que puso en marcha esta maravilla allá por el Siglo XIV. Puede que en realidad este extraño artículo que me ha salido no sea en realidad más que una larga invitación a que seáis vosotros mismos quienes descubráis esta maravilla sin que nadie os quite las sensaciones que os va a regalar hacerlo con descripciones demasiado detallistas.

Había intentado, de verdad, escribir un artículo al uso, pero aún estoy emocionado, como un niño que sabe que ha descubierto algo que espera repetir muchas veces. Sí, he descubierto hoy mismo uno de mis lugares favoritos de todo el mundo y ¿sabéis qué? Que tengo mucha suerte porque está muy cerca de mí, en el Tiemblo, en el Valle del Alberche, en la frontera entre la Comunidad de Madrid y la de Castilla y León, a apenas una hora de Madrid y de Ávila.

No sé vosotros, pero yo cada día me siento más afortunado de vivir donde lo hago y de seguir descubriendo sus maravillas y maravillándome con ellas.

Javier Fernández Jiménez.

2 Respuestas para “Monasterio de Guisando: El gigante (por ahora) dormido”

  1. Jesús L. dice:

    Creo que existe una sutil y delgada línea que separa la tarea del periodista , contando y describiendo sucesos o situaciones, con la verdadera faceta del escritor: la EMOCION.
    Te felicito por qué has sabido transmitirme tanto la sensaciones que sentías al contemplar este paraje, como los sentimientos que esto provocaba en ti, y todo, con el entusiamo del niño que abre su regalo de cumpleaños.
    Gracias, Así que tenga un hueco, me acercaré por allí. No lo dudes.

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