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Adriana Rodríguez Luis, veterinaria Centro de Fauna José Peña– Kuna Ibérica

“Tenemos que enseñar a niños y padres que hay muchos animales que no se pueden tener en casa”.

Adriana, ¿cómo es estar a cargo de un centro como este?
Es bastante complicado. Hay muchos animales y cada uno presenta en momentos concretos alguna patología. Si tienes que dar medicación hay algunos que son imposibles de manipular, no hay forma de hacerte con ellos y tienes que recurrir a dardos para sedar y para pinchar… es bastante complicado. Hay distintas especies y eso dificulta mucho el trabajo. Por un lado tenemos rumiantes, por otro los équidos, por otro las gallinas, rapaces… cada especie con un sistema digestivo totalmente diferente. Así que tienes que saber qué se puede dar en cada especie, que es tóxico para otra… lo que te puede valer para un rumiante, por ejemplo, no te sirve para un caballo.

Un trabajo como este te hace aprender y mejorar cada día…
Sí. Tengo la suerte de que si tengo alguna duda puedo recurrir a Pilar González, de la Universidad Alfonso X, que es la que está un poco por encima de mí. Podríamos decir que yo soy el médico de familia del centro. Miro, hago la anamnesis, veo lo que puede ser y, si es necesario, remito esa información con mi diagnóstico y la autorización de todo lo que tengo que hacer me la da ella.

¿Cómo llegaste hasta esta profesión?
Llego a esta profesión desde que tenía 6 años. Es una profesión de vocación, si no te gusta no puedes con ella y si te gusta te encanta. Es muy sacrificada. Pero desde muy pequeña supe que quería serlo, desde que mi padre me regaló un conejo y más tarde un gato… siempre he sabido que quería ser veterinaria.

En un centro como este, además de la cura y cuidado de vuestros animales, te dedicas también a la recuperación y adaptación de animales salvajes que llegan en ocasiones muy malheridos, ¿cómo te sientes cuando sacas adelante a uno de estos animales?
Me siento genial. De hecho, tengo un corcino que llegó con 15 días. Lo recogieron en el campo y… son muy difíciles de sacar porque no confían en nadie. Y al final a base de estar todos los días dándole el biberón, procurando que comiese… conseguí que sobreviviese y ahora parece un perro y está feliz. Cuando pasa algo así te dices “por esto me he hecho veterinaria. Ha sido por esto”. Hay muchos que se te quedan por el camino…

¿Esta es la parte más complicada de este trabajo en el Centro de Fauna, sacar adelante a estos animales?
Sí, porque lo que llega aquí es fauna salvaje, fauna que cuando logras cogerla es porque el animal está demasiado hecho polvo y hay un punto en el que ya es un no retorno. Nos han llegado aquí animales casi en coma y sacar adelante a un animal en este estado, deshidratado por ejemplo… es prácticamente imposible. En ese estado los propios órganos del animal ya no logran compensar aunque tú tengas los medios y la mejor intención del mundo, ya no se puede hacer nada y ese animal termina muriendo o, en algunos casos, la eutanasia es bastante más recomendable que dejar a un animal agonizando dos días.

¿Cómo llegan aquí los animales y qué casos se dan con más frecuencia?
A nosotros lo que nos ha llegado más ha sido animales que han traído los agentes forestales y normalmente son animales estilo ciervos, gamos… que se han quedado atrapados en algún cepo, que han caído en algún embalse y no han podido salir… llegan bastante golpeados. Nos los traen los agentes forestales porque somos un centro como de atención primaria. Todo lo que ocurre por aquí nos lo traen, nosotros les damos los primeros cuidados y después, dependiendo de lo que haya, derivamos. Si es una rapaz emblemática como un águila imperial o un búho real se hacen las primeras curas y después se remite a GREFA o al CRAS (Centro de recuperación de animales salvajes de la Comunidad de Madrid).

¿Qué es lo más importante a la hora de tratar con animales, muchas veces, potencialmente peligrosos?
Tu seguridad. Si no estás seguro en hacer algo o del protocolo a seguir es mejor no hacerlo, volver atrás, pensarlo de nuevo y empezar de nuevo. De otro modo vas a poner en peligro tanto al animal como a ti. El animal es una pena ponerlo en peligro, pero si el animal te hace algo a ti estás condenado, no vas a poder ayudarlo y no vas a los que vengan detrás. Lo primero en un parque de recuperación o un parque zoológico es la seguridad del personal. Si el personal no está seguro no puede trabajar.

¿Cómo reaccionan los animales ante tu presencia? Porque hay algunos que te conocen de todos los días y a los que pinchas, duermes, operas…
Dependiendo del animal. Tenemos dos chivos que no me pueden ni ver. Se castraron y una de esas castraciones se complicó, estuve todos los días curando y el chivo me ve y sale corriendo. Hay otros que, aunque les pinche y les haga “daño” termina cogiéndome cariño y me siguen, pero hay otros que quedan marcados y no me quieren ni ver.

Llevas en el centro desde octubre como responsable, ¿cómo está resultando la experiencia?
Es muy enriquecedora y gratificante, pero es muy sacrificada. No dejan de ser 250 animales que no se ponen malos de uno en uno. Es estar por la mañana cuidando, medicando, atendiendo, vigilando que un animal coja peso… por ejemplo, ahora mismo tengo en la clínica a una cotorra y a un degú que tengo que pinchar todos los días y dar medicación. Pero además de eso tengo a un corcino pequeño con diarrea y tengo que saber cuánto tiempo lleva así, por qué está así, si el resto de animales del hábitat están igual, si no es así por qué solo está él… es estar todo el día pensando y dando vueltas. Yo voy por los hábitats y aunque esté solo paseando o dando de comer me voy fijando en todo. Si un animal anda raro, si no se ha terminado la comida, si se ha dejado algo, si está en una esquina… hay que hacer en todo momento una visión general de todos los animales. Es agotador mentalmente, aunque es muy satisfactorio.

¿Cómo veterinaria has notado que alguna vez alguien te juzgaba o juzgaba tu trabajo por el hecho de ser mujer?
Sí, por el hecho de ser mujer y por el hecho de ser aparentemente joven. Tengo 34 años pero hay personas que piensan que tengo 25. Y hay quien me llama “la niña veterinaria”… sí, me han juzgado bastante, sí… y sienta bastante mal.

¿Qué les dirías a todos esos niños que ahora mismo sueñan con ser veterinarios?
Que es una profesión de vocación y que tienes que estar dispuesto a estar todas las horas que tengas que estar. No hay festivos, ni cumpleaños… si te llaman, te llaman y tienes que ir. Hay que estudiar mucho y el mercado laboral está bastante saturado. Pero es una profesión extremadamente bonita.

 

Javier Fernández Jiménez.

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