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El caldo de la marmita: buenos propósitos

Por Julio Reoyo Hernández. Cocinero. Restaurante Doña Filo.

Se acabaron las Navidades, los fastos, las compras desmesuradas, las comidas y cenas copiosas y también, por culpa de esta maldita pandemia, las reuniones familiares multitudinarias.
Vienen, ahora, tiempos de recato, moderación, contrición incluso, de buenos, provechosos y beneficiosos propósitos, de dieta estricta, de equilibrio culinario, en definitiva de vida normal y gastronomía cotidiana, dicho esto en el mejor sentido, más lúdico y atractivo de la palabra.
Es cierto o, así lo creo yo, que muchas veces confundimos lo cotidiano con lo aburrido, con lo rutinario, con lo tedioso –no sé si es la palabra adecuada–pero deberíamos pensar que quizás los aburridos y rutinarios seamos nosotros al no saber disfrutar plenamente y precisamente de esto que cada día nos acompaña y generalmente nos representa. No podemos olvidar el valor de una verduras frescas y de temporada brevemente hervidas con un buen chorro de aceite de oliva virgen extra o el de unas alubias inmaculadas humildemente cocinadas a fuego lento con media cebolla, otro medio puerro, un par de hojas de laurel y otro buen escanciado del mejor aceite de oliva virgen y una cabeza machacada de ajos, ¡he dicho ajos! Y qué me dicen de una reconfortante y sabrosa sopa de ajos a la castellana, caldo racial y huevo de corral recién puesto y escalfado al punto. Y hablando de huevos, y si tostamos una rebanada de buen pan y generosa, la cubrimos de verduras pasadas por la sartén, cebolla tierna, rodajas de pimientos verdes y rojos, todo salpimentado y cubierto de estos huevos escalfados, delicioso. No digo nada si esta cebolla, estos pimientos, los acompañamos de coliflor, brécol y los vestimos con una bechamel muy ligera de puerros y champiñones, pisto de invierno, sublime.
¡Ah! He dicho champiñones, me encantan, bien tersos y laminados en crudo cubriendo un bol de espinacas frescas, unos piñones bien dorados y unos dados de beicon crujientes (sin pasarse) y fragante vinagreta de granadas. Sin pensar he dicho granadas, ¡qué momento! No hay mejor, para endulzar una escarola bien crocante, bien blanca y bien amarescente, con buen aceite, alegre de cominos y de tomate en conserva pacientemente rallado.
Tan solo he querido decir con esto que no es lo cotidiano solo, ni lo extraordinario tampoco, lo que de verdad nos ha de convenir de manera única, debemos hacer de cada comida, por humilde que sea, un verdadero festín, de su variedad una auténtica alegoría y de la oportunidad de poder cocinar un privilegio y una satisfacción.
De esta manera los propósitos serían menos y menos necesarios y nosotros más y mas racionales.

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