Categoría | Editorial

La dictadura del miedo

Vivimos tiempos históricos, tiempos de transformaciones, de inestabilidades, de cambios en cosas que creíamos inamovibles y seguras, pero sobre todo vivimos tiempos de miedo. La atmosfera de miedo que nos envuelve no distingue clases sociales:

los trabajadores sufren el pavor de quedarse sin trabajo, de no llegar a final de mes, de no pagar a tiempo la hipoteca o el alquiler; los empresarios temen no vender lo suficiente, sufren ante la perspectiva de perder clientes, que el banco les deniegue la línea de crédito que es vital para continuar su negocio, de no poder pagar a tiempo a sus trabajadores, o de que nos les paguen los crecientes morosos. Ni siquiera los más acomodados se libran de la sensación de inquietud, porque no hay nada más miedoso que el dinero, sienten pánico a las crecientes tensiones bursátiles, a un posible crack financiero, al incremento de los impuestos al capital, sienten pavor ante la posibilidad de perder parte de los privilegios que han adquirido.

Nuestras hasta ahora opulentas y acomodadas sociedades occidentales viven desde hace varios años constantemente bajo la sombra del miedo: miedo a la crisis, al terrorismo internacional, a la inmigración, a la pérdida de nuestro estado de bienestar. El miedo es tal vez el arma más poderosa y efectiva para el control social de las masas, cuando se teme a alguien o a algo se le otorga un poder enorme sobre nuestras vidas. Y en este momento histórico existe un interés enorme, por parte de algunos entes poderosos, de que nuestra sociedad padezca una creciente y paralizante sensación de miedo.

En 2007 la periodista canadiense Naomi Klein publicó el libro ‘La doctrina del shock’, en el que desgrana, con muchos ejemplos históricos contemporáneos, como las políticas económicas neoliberales del economista Milton Friedman y la Escuela de Economía de Chicago, seguidas al pie de la letra por instituciones como el FMI, o el Banco Mundial y por gobiernos conservadores de gran parte del mundo occidental, han alcanzado gran importancia no porque fuesen populares, sino porque fueron implementadas a través de impactos en la psicología social con desastres de diversos tipos o la guerra,  demostrando como ante la conmoción y confusión social de la ciudadanía se pueden llevar a cabo reformas, económicas o sociales, impensables en otras circunstancias. 

Leyendo este libro o viendo el documental inspirado en él, cualquiera puede darse cuenta de que vivimos actualmente un momento idóneo para aplicar, mediante la doctrina de shock, unas reformas económicas dolorosas, además de consumar recortes sociales y de libertades impensables hasta hace pocos meses. Logros que hasta ahora considerábamos inviolables como una educación y una sanidad públicas gratuitas, hoy se ponen abiertamente en cuestión, cualquier servicio público puede estar mañana en la diana bajo la escusa de una supuesta necesidad de reducir el déficit.

Aunque los fríos datos demuestren que España es el segundo país de la UE con menor gasto público, sólo por detrás de Irlanda, o que solamente tenemos un 9% de empleo público, cuando la media de Europa está en el 15%, o que nuestra deuda pública (65,2% del PIB) sea bastante menor que la de países como EEUU (90%), Gran Bretaña, Francia (81,7%), Alemania (83,2%) o Italia (119%). En España, incluso en los momentos de bonanza, no hemos ni rozado el famoso estado de bienestar europeo. Pese a estos datos, es muy previsible que próximamente se apliquen aún más severos recortes en todo lo que representa gasto público.

El ejemplo cercano y más dramático de cómo se puede destrozar un país bajo la premisa de ciertas filosofías económicas se encuentra en Grecia, donde para cumplir con unos objetivos de déficit en unos plazos inasumibles se está condenando al desastre a amplias capas de la población griega. Se ha recortado todo lo recortable, decenas de miles de funcionarios griegos han ido a la calle, el paro se ha disparado en todo el país, las pensiones se han reducido, los impuestos se han subido, faltan suministros esenciales en hospitales y escuelas, miles de empresarios han cerrado y el país se encuentra al borde del caos social, pero al parecer el castigo todavía no es suficiente y las entidades económicas europeas, el FMI y los mercados, piden más sacrificios a una sociedad que ya no aguanta más.

Otra de las consecuencias del miedo actual de los ciudadanos es la parálisis. El miedo tiene la capacidad de paralizar reacciones en defensa de derechos y logros sociales que en otras circunstancias se darían sin dudar. Ante la avalancha de ataques al modelo social que disfrutamos,  gracias a los sacrificios que realizaron generaciones precedentes, tal vez la mejor actitud en este momento de zozobra sea la del presidente norteamericano Franklin Delano Roosevelt durante el crack de 1929: “De lo único que tenemos que tener miedo es del propio miedo”.

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