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La sangre derramada (En recuerdo a Lorca)

Si en la edición anterior Isidoro Rábanos nos hablaba de Ignacio Sánchez Mejías, en esta es su hermano, Miguel Florián, un gran poeta contemporáneo, quien nos recuerda la figura de Federico García Lorca, que en su poema “La cogida y la muerte” derramaba sus lágrimas en versos por la muerte de este torero “a las cinco de la tarde…”

Federico García Lorca, igual que tantos otros poetas españoles de su tiempo, sintió una enorme afición hacia el arte de la tauromaquia. Que yo sepa no quiso ser torero como deseara Manuel Machado que escribiera aquello de que “antes que poeta, hubiera preferido ser un buen banderillero”. El arte de los toros no puede sino fascinar a los espíritus poéticos, ya que encierra dentro de sí un hondo y trágico simbolismo, ese ritual heroico que enfrenta al hombre con el caos que representa el animal, para transmutar la tiniebla en luz. Todo arte es camino de desvelación. El toro (recordemos la epopeya de Gilgamesh, las pinturas minoicas) es un animal que se confunde con nuestra memoria atávica. Como el dragón, hijo de la fantasía, representa la alteridad, ese otro al que debemos enfrentarnos en el duelo sacrificial que habrá de humanizarnos. Es por ello que el toro, víctima propicia las más de las veces en ese tremendo juego, represente asimismo al ser humano que, en la dialéctica de su devenir, debe rebasar su primigenia naturaleza animal. Es de ahí de donde brota la heroicidad, el profundo significado del arte del toreo; por eso el espectador se identifica ya con el toro, ya con el torero, preso de la fascinación. Pues en la fiesta torero y toro devienen un solo ser. El matador oficia (eso explica su carácter ‘sacerdotal’) como mediador entre nosotros, los espectadores, y el rito que se está celebrando. Federico dejó dicho que “el toreo es probablemente la riqueza poética y vital de España, increíblemente desaprovechada por escritores y artistas, debido principalmente a una falsa educación que nos han dado y que hemos sido los hombres de mi generación los primeros en rechazar. Creo que los toros es la fiesta más culta que hay en el mundo”. Palabras estas últimas que seguramente puedan parecer exageradas, pero sin duda alguna oportunas. Es la cultura a la que se refiere consecuencia de una sabiduría honda, abismada en la carne, que también él supo descubrir en el cante flamenco, y que le llevara a hablar de “la cultura de la sangre”, refiriéndose al cante de Manuel Torre, el Niño de Jerez.
La fascinación por el toreo la compartieron, ya lo mencionamos al comienzo, escritores señeros como Gerardo Diego, José Bergamín, Rafael Alberti, Miguel Hernández, Tomás de Morales, Adriano del Valle (el poeta ganadero que soñaba cruzamientos que le llevaran a conseguir toros de ojos verdes)… No llego a comprender porque ahora los ‘progres’, nuestras mentes pensantes, son tan antitaurinos… Ya… que si la defensa del ser vivo… el evitar el sufrimiento al animal que ha de ser sacrificado. Sí, ¿quién va a negar esas razones…? Tal vez debían visitar los mataderos para que se les quitaran las ganas de comer ternera o cerdo. ¿No es, al cabo, cada taquito de jamón una porción de animal asesinado? ¿Y si lleváramos este criterio hasta la plantas? ¡Qué ignorante gazmoñería…! ¡Qué uso/abuso político de la fiesta de los toros! ¿Deberíamos ir como los jainas (que me parecen enormemente coherentes) con un velo en la boca para impedir tragar insectos? ¿Con una escoba barriendo por donde hemos de pisar para que nuestros zapatos no aplasten hormigas? ¿Filtrando el agua? Los monjes jainas son, insisto, coherentes, nada tienen que ver con abigarrados progres de pasarela que dicen padecer por la suerte de los toros mientras se atiborran de jamón, chacinas variadas, gambas y demás inocentes animalitos. Pero dejemos esto.
Retomemos el asunto inicial, la estrecha relación entre el poeta granadino y los toros. En varias ocasiones abordó este asunto, como en el poema Oda al toro de lidia en donde nos encontramos estos dos tercetos:

Llegabas negro, rojo, con luceros,
Por la tierra tirante y desolada,
Chorro y espuma de los caballeros.
Tu boca de materia machacada
Dejaba por la brisa del verano
Lacre de luz y zumo de granada.

Pero en ninguno de sus poemas, la genialidad lírica -el ‘ángel’- de García Lorca supo mostrarse en toda su plenitud como en el Llanto por Ignacio Sánchez Mejías. No en vano se ha repetido con razón que es la mejor elegía escrita en castellano después de Las coplas a la muerte de su padre de Jorge Manrique. El poema lorquiano está en la tradición más profundamente elegíaca de la poesía española, enraizada con los antiguos plantos. Desde su origen (de los sus ojos tan fuertemente llorando) hasta nuestros días, nuestra bella lengua castellana no ha dejado de llorar: aún nos acompañan las lágrimas por la muerte de Guillen Peraza, o el llanto por la vieja Trotaconventos (“¡Ay, Muerte! Muerta seas, muerta, e mal andante”), y otros llantos más cercanos a nosotros: las lágrimas de León Felipe que esperaba encontrar tras ellas la luz; las que seguimos derramando por Ramón Sijé… Venimos del llanto y vamos al llanto…
Para siempre, en nuestra memoria, permanecerán incólumes y eternas aquellas ‘cinco de la tarde’ en las que cae herido de muerte Ignacio Sánchez Mejías, en aquel 11 de agosto de 1934 en la plaza de Manzanares. Aquellas cinco de la tarde en que el universo entero quedó trastocado, conmovido, cuando “el óxido sembró cristal y níquel”. La hora inmóvil que concilió a su alrededor toda la amargura y toda la sombra:

Que no quiero ver la sangre
de Ignacio sobre la arena.

Ignacio, aquel sin igual “príncipe sevillano “, de carácter tan variopinto, que fuera dramaturgo, automovilista, aventurero; el mismo que reunió en Sevilla en el año1927 a los poetas que posteriormente sería conocidos como Generación del 27… Torero intelectual, elegante, seductor… quedó lacerado a las cinco “en sombra de la tarde”. Y, desde entonces, la poesía y la tauromaquia se tornaron indiscernibles. Y su “sangre derramada” continúa tiñendo de un rojo fatal nuestra voz.

Miguel Florián Rábanos

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