Categoría | Firmas, Opinión

Va a costar acostumbrarse

Va a costar acostumbrarse a no caminar dejando de ver muchos de los paisajes vividos y soñados por todos los que amamos las tierras del Alberche. Desde Burgohondo hasta Almorox, más de 100 kilómetros de recorrido del río Alberche; un río embalsado, pero nunca domesticado.
Nos va a costar no ver el cerro de San Esteban, en Pelayos de la Presa. Yo lo denominé en mi libro de poemas Luna a luna “el etrusco a tus espaldas”, por la forma que tenía —y tiene—, pero hoy ya no contará con esos pinos envolviendo lo que es un bolo granítico. Ahora se va a parecer más al Yelmo, su hermano del embalse de San Juan, que no digo yo que no tenga su belleza por la desnudez (desnudez de pinos, de árboles, de musgo), pero que ya será otra cosa. “Si faltaras”, me encaraba yo en 2006 como poeta in itinere, “San Esteban del alma, como hermano/miles de lágrimas/vertiera/solo por ti”.
Y esta mañana me levanté y vi cómo dos amigas del Alberche (Paloma y Rosana, y luego Elena, y Mariano, y….) me recordaban que no habían podido dormir porque no paraban de llorar.
Llorar para pasar cuanto antes el duelo. Pero pronto levantarse y luchar por el futuro, por la repoblación de nuestra tierra, de nuestra comarca.
El monasterio de Santa María de Valdeiglesias se ha salvado. Me lo comentaba Ana y nos abrazamos en un abrazo imaginario, en la distancia. Se quemó todo el perímetro de hierbas, matorrales y árboles, pero, como si el primer abad, Guillermo de Valdeiglesias, hubiese salido desde el claustro a gritar, se consiguió salvar el edificio. Sí, es verdad, la chopera casi se ha quemado por completo. Guisando y los Toros de Guisando, querido Julián, parece también que sobrevivirán.
¿Pero y las casas quemadas, las tierras cultivadas y los viñedos calcinados, a punto de ser vendimiados? Y los pinos. Tan hermosos. Sí, sí, ya sé que algunos no son autóctonos y se convierten en teas cuando se inicia el fuego; el fuego infernal alimentado por la crisis climática. ¿Por favor, alguien duda de que nos tenemos que poner manos a la obra, juntos y rápido, para combatir esta plaga del siglo XXI?
¡Ay, el valle de Iruelas! Y El Tiemblo, y sus castañares. Quemados.
“Resplandece la montaña/con luces blancas/reflejadas en las inminentes sombras”. Ya no hay luces blancas; si acaso, luces rojas de los rescoldos del fuego; y las sombras producidas por las hayas, los robles y los pinos ya están yermas. Ahora, apenas, la sombra la da uno mismo pisando la ceniza; como un hombre perdido en el monte, que no sabe cómo ir hacia el norte.
Escribía en 2006 (Luna a luna, de nuevo), en una premonición no deseada: “ola de fuego/volcán en llamas/sangre, sudor y fango/mezclados/se desbordan entre inmóviles árboles”.
Nada será igual. Pero debemos estar esperanzados porque seguro que hay futuro. Seguro que la Naturaleza buscará los pequeños “brotes verdes” que el hombre y la mujer, a veces, queman con urbanizaciones sin control, sin repoblaciones inteligentes en donde prime la flora autóctona.
Yo estoy esperanzado porque el monte de Navas del Rey, subiendo por el antiguo puerto, ha sido repoblado en pocos años de manera autóctona, sin plantaciones extrañas. Agarrémonos a ese futuro. Yo así lo siento.

Enrique Jurado Salván, presidente de la asociación Alberche-Albirka.
FOTO: Héctor Sin.

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