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Aquellas navidades en Cadalso de los Vidrios

Por Miguel Moreno González.

Las Navidades de mi infancia comenzaban de verdad la mañana maravillosa del Día del Gallito cadalseño y luego se precipitaban ya irremisiblemente a la Nochebuena con la mañana alegre del día de la Lotería, los niños de San Ildefonso cantando números por la radio desde muy temprano, la esperanza y la emoción en todos. Y terminaban -las Navidades y un poco de uno mismo- cuando te acostabas, acompañado del juguete que más te había gustado, la noche de Reyes. En medio, belenes con verde musgo que habíamos arrancado cuidadosamente de las piedras del valle y que nuestra madre -papa estaba trabajando- nos ayudaba a colocar con gran satisfacción en el nacimiento: pastorcillos, lavanderas, el hombre que hacía las gachas, los soldados de Herodes, el castillo, el río con papel de plata o con espejos, el pueblecito colgado de la montaña y todo ello iluminado con unas lucecitas que le daban como un aspecto de milagrosa aparición nocturna. En fin, qué os voy a contar…

Familia Moreno en Nochevieja.

Las Navidades, ahora de mayor, siempre te pillan a traición. De niño, no. Los niños de entonces, los chicos de la era de las katiuskas, soñábamos con la Navidad durante mucho tiempo, casi desde que se acababa el verano. Sabíamos que en Navidad todo marchaba mejor. Los maestros estaban de buen humor y eran generosos dejándonos un par de días inolvidables, de esos de no hacer nada, hasta que nos daban las notas. Aquellos días nos leían cuentos, historias y la leyenda esa de Bécquer: Maese Pérez el organista; hacíamos concursos de villancicos, de habilidades ventrílocuas, -Teodoro Gallina imitaba de  locura a los animales-, y, al final, don Enrique, don Manolo, o don Eugenio nos contaban fascinantes tradiciones del pueblo. Los padres también estaban más contentos y nos dejaban más tiempo para jugar en la calle. Y en el pueblo había mucha más alegría en las personas, a pesar del frío. Un frío que era, sin paliativos, el mayor espectáculo de entonces, “…y ya sabes cuando salgas a la calle no olvides ponerte la bufanda”. Nunca soporté bien las bufandas, pero a todas horas estaban con aquella cantinela. Nosotros los niños, “que si me da el aguinaldo”: una perra chica, gorda, dos reales con agujerito en el centro; hasta daban aguinaldo a la tía Felipa, la pobre de los jueves, a la que nunca dejaban que te acercases porque tosía de mala manera, por lo visto tenía algo del pecho. Sin embargo, recuerdo que las cestas de Navidad solo las veíamos en los tebeos, en los extras de Navidad de Pulgarcito y Tío Vivo.
La magia de la cena de Nochebuena o la emoción del fin de año, cuando la radio decía que ya estaba a punto de caer la bola en el reloj de Gobernación, esa magia, digo, en el fondo te dejaba como vacío, triste, con una extraña sensación de nostalgia. Un minuto, qué un minuto, unos segundos y ya estabas en otro año. Parecía increíble. Todos se abrazaban y se besaban, y te besaban y te abrazaban a ti, y se empeñaban en que bailaras el pasodoble Suspiros de España que sonaba en el Marconi rojo después de las campanadas de medianoche (años antes era mi abuelo el que con el almirez simulaba las campanadas del reloj); pero a uno le daba todo vergüenza, sentías un pudor indefinible. Año Nuevo. Todo por pasar. El corazón te latía con fuerza. Y salías disparado para arrancar la primera hoja del calendario colgado en la pared de la cocina de Las Casetas. Ya era 1965. Es curioso, pero ese día de Año Nuevo, cuando ya era de noche, te producía la sensación de pensar en el año anterior como si hubiera existido hacía mucho tiempo, como si no hubiese sido real, como si lo hubiéramos soñado.

Nati y Justo el Día del Gallito.

Lo más bonito de las Navidades era pensar en ellas. La Navidad, es obvio, tiene algo especial. Nunca he podido descubrir su misterio, saber donde se encuentra su magia. Creo que es algo que va más allá de la unidad familiar, de los buenos deseos en todos los corazones, de los regalos, del “madre, en la puerta hay un niño” o de las vacaciones. La magia, el hechizo de la Navidad sé que es mucho más profundo. Yo siempre sentía -y siento- como un temblor desconocido en mi línea de flotación. La Navidad es como una quinta estación que nunca aparece -ni aparecerá- en los calendarios, pero que todos llevamos por dentro. A lo mejor, resulta que la Navidad es sencillamente nuestra infancia.
Según vamos siendo más mayores, esa quinta estación cada vez nos coge más desprevenidos. De pronto, aparece un anuncio en la tele y te deja perplejo. Suele ser el de un champán que te desnuda en silencio por dentro mientras lo paladeas… Todo ha durado veinte segundos. Pero ya es Navidad en Dolby Digital, en Internet, en el teléfono  móvil…  Veinte  segundos  y  tus paisajes -externos e internos- han cambiado de repente. Y te das cuenta de que nadie nunca va a poder explicarte el significado de esa tristeza, de esa soledad que te atrapa. No es porque en cada casa falta alguien, que falta. No. Es que el que falta de verdad eres tú. No sé de dónde. Pero faltas.

Miguel-Mercedes-Gallito 1997(¿)

Esas noches de Nochebuena, Nochevieja y Reyes yo quería acostarme tarde, no acostarme, descubrir a los Magos y la magia de la Navidad, que seguro tenían que aparecer de noche y tras la Peña Muñana, y ver amanecer conmovedoramente a través de mi ventana mientras oía: “Los peces en el río; ande, ande, la marimorena; los campanilleros; la Nochebuena se viene, la Nochebuena se va…”. Se escuchaban zambombas, panderetas, rascaban con un cubierto la botella de anís El Mono, de la que algunos se ponían moraos. Y seguía haciendo mucho frío. Todos llevaban gorras y bufandas. Y eso era todo. Estaba helando. En casa hacía calor, todas las luces estaban encendidas. Esas noches no importaba nada. Y luego mi padre me acostaba. Con mucho cariño me arropaba, me traía los tebeos que contaban historietas de Navidad y casi nunca me daba un beso. “Papa”, -así llamaba yo a mi padre, sin acento, que me sonaba cursi con él-. “¿Qué?”, me preguntó con sus ojos llenos de melancolía y sus labios como queriendo albergar una discreta sonrisa. “¿Siempre es así la Navidad?”. “No siempre es así, ya lo comprobarás tú mismo dentro de unos años”. Vaya si lo comprobé, por eso todas las Navidades me pasa lo mismo. Y no falla ninguna. Si acaso voy fallando yo…

Los Magos de Cadalso me traen un fusil.

(Inspirado en las películas de Garci, en las que siempre aparecen, junto a sus Navidades, las mías.)

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