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De la Residencia Maravillas de Cadalso brotan maravillosas fantasías (relato de Navidad)

Algunas mañanas voy a buscar al niño Moisés a La Casita de los Niños Atrapasueños. Noelia y sus compañeras son atentas y cariñosas con los críos. Después de recogerle observo a unas personas singulares por la calle. Es un mundo enternecedor al que nunca antes había prestado suficiente atención. Los últimos 46 años solo estaba en Cadalso los fines de semana y las vacaciones. No tenía la calma y el sosiego necesario para descubrir estas escenas. Ahora, de jubilata, todo discurre más tranquilo, quizá más reflexivo…
Uno de ellos arrastra trabajosamente los pies dando pasitos cortos y, al principio, al verle, me inquietaba cuando llegaba ante un bordillo. “No podrá salvarlo” –pensaba–mientras hacía ademán de alargar mis brazos para sujetarlo. Pero sorprendentemente es lo que mejor hace. Se para, mira, calcula y lanza el pie decidido, con una seguridad de la que carece al caminar… Respiré tranquilo. Coincide con otros colegas que pasean desde la Residencia Maravillas hasta el centro de Cadalso. Algunos de ellos beben café en el bar de Elena (Transilvania). Él siempre lo toma con leche, en vaso de caña y acompañado de otro vasito de agua. Cuidadoso y silencioso ocupa una silla junto a la puerta. Tiene mirada apacible y bondadosa.

Elena.

Un compañero suyo se aparta para dejarme franco el camino sobre la acera. “Buenos días, señor, qué niño tan guapo (todos lo son), porque es niño, ¿verdad?”. Y se para frente al cochecito para observarle de frente, de arriba abajo. Teme inclinarse para acariciarle y no poder incorporarse. Algunas mañanas Elena me cuenta emocionada lo que sabe de cada uno/a y les habla con tanta ternura que ellos sonríen agradecidos y encandilados. Manolo me abre la puerta cordial y sonriente para facilitarme entrar y salir con el carrito del peque. El crío incansable y feliz todo lo señala y todo lo mira sorprendido. José Miliki, antiguo vecino de Las Sillas, le contempla sorprendido y le habla riéndose. “Es de tu hija Berta y Moisés, ¿no?”. Y según lo dice le brillan los ojos. ”Me he quedado solo. Murieron mis padres y mi hermano”.

Poco a poco.

Una mañana lluviosa el hombre de los pasitos cortos marchaba con una compañera que andaba –lógico- más deprisa. Él, prudente y guardián, le hablaba alto: “¡Espérame ahí. No vayas tan deprisa!”. Y ella, solícita, relaja el paso y le espera resignada. Esta mañana el sol rebota luminoso contra las chapas de la plaza de toros y hace subir un poco la temperatura, al tiempo que los amables y eficaces operarios del Ayuntamiento colocan las luces de Navidad. El niño Moisés se complacía en recibir la caricia del sol y se quedó dormido dulcemente, no sin antes levantar el dedo índice para señalarme los adornos navideños. Íbamos a visitar a su bisabuela Asun y decido esperar un rato allí disfrutando del sol que nos acaricia placenteramente. Aprovecho el instante para guasear con mi compañero de localidad en Las Ventas, Manuel, la noticia que sobre la muerte de César Palacios, pintor, dibujante y arenero de La Monumental venteña, me había remitido mi colega ciclista, Javier. César Palacios dibujaba sobre la arena emotivas escenas artísticas de la vida. ¡El toreo era el arte de su vida y sus dedos la dibujaban!

Instalando iluminación navideña.

Al poco, se acercan hablando un grupo de residentes mientras otra compañera se ejercita con un andador. A uno se le desanudó el cordón de su zapatilla deportiva derecha. Se detiene advirtiendo el inconveniente. No puede agacharse. “Tranquilo, no te muevas, yo te lo ato”. Su compañera se arrodilla y la hace la lazada con gran tacto y pericia. Ella mira la playera y él le mira a ella. Se cierra el círculo de la solidaridad. Pocas veces he visto una escena tan amorosamente fantástica. Se parece a la vivida por el abuelo Gabriel aquellas Navidades, también en la Residencia Maravillas: “Me tratan muy bien aquí. Ayer vino mucha gente y me dijeron que era El Día del Gallito. La alcaldesa me dio un mazapán en forma de gallo (gallito cadalseño) y me dio dos besos”. Cuando se lo contó a su hija, Paloma, y a sus nietos, Miguel y Berta, se le deslizaron unas pequeñas lágrimas por las mejillas…Duerme el niño junto al árbol navideño de la Plaza de La Corredera Cadalseña.

Todos se ayudan, se cuidan, se esperan, se cogen del brazo y continúan el paseo… No tienen prisa y se dedican a ayudarse conmovedoramente. A lo mejor, de jóvenes corrían que se las pelaban y no supieron hasta ahora el encanto que tiene ir despacio. Tengo suerte de encontrarme con ellos y que me enseñen estas cosas. No hay otra vida más bella que ésta… ¡Qué bonito está nuestro pueblo! Arriba brillan los adornos de Navidad, abajo resplandecen las fantasías de estos seres humanos…

Miguel Moreno González.

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