Categoría | Cartas del lector

Pensando en voz alta: ¿oyes o escuchas?

¿El solo oír AQUELLO QUE DICEN y no escuchar AQUELLO QUE ME DICEN puede ser una forma de maltrato entre las personas?
¿El maltrato se puede esconder en la audición o en la escucha, ambas pueden ser una forma de maltrato?
¿Podemos decir que esta podría llegar a convertirse, sin darnos cuenta, en una forma de maltrato en nuestra vida cotidiana?
Los motivos por los cuales una persona o un ente entienden que está en su derecho el maltratar al otro son de los más diversos.
El maltrato es el proceder de una persona, o grupo de personas, de instituciones privadas o públicas. Todas ellas tienen un común denominador, que es su manifiesta arrogancia orientada en el interés de imponer su idea, de apropiarse del derecho a reclamar del otro, todo ello mediante el engaño, mediante la violencia física o verbal, mediante la manipulación de los hechos, mediante el abuso de poder de forma continua, ya sea omitiendo leyes y procedimientos o abandonando responsabilidades: todos buscan limitar sus derechos causando sometimiento en el otro, convirtiéndose en una forma de maltrato.
Todos conocemos los graves hechos acontecidos desde hace años en cuanto al maltrato, especialmente contra la mujer, pero… no solo nosotras lo recibimos, nuestros hijos, hermanos, padres, abuelos incluso nuestros maridos también lo sufren. Pero ¿de dónde proviene o dónde comienza esta deshumanización, o la creencia de tener el derecho ilimitado sobre el otro? El maltrato, como el abuso, es un comportamiento utilizado a lo largo un periodo de tiempo para obtener y/o mantener el poder o el control sobre el otro, empleado por un jefe, un compañero de trabajo, un familiar, un burócrata, un dirigente político, religioso o social. Estos son los que, como responsables, se niegan sistemáticamente a escuchar o a cumplir con su cometido, dejando de controlar a quienes verdaderamente debería vigilar. Esto los debería llevar a protegernos, a escucharnos con más atención, en lugar de convertirse en nuestros martirizadores, llegando a ser el perfecto ejemplo del maltrato para la sociedad en su conjunto.
El mismo se está visualizando y escuchando a diario y no lo queremos ver ni escuchar. Y es que cuando un padre de familia o un dirigente de esta gran familia que es la sociedad, le otorga gran parte de los beneficios a solo uno de ellos quitando o perjudicando el derecho al resto, este también llega a ser un maltrato en la vida diaria de nuestra sociedad.
Todo ello existe en nuestra vida cotidiana, pero el ruido mediático hace que pase desapercibido, por ello no le prestamos la debida atención o minimizamos sus efectos, y no reaccionamos ante estos abusos. El poder silencioso de ellos va influyendo en nuestro subconsciente, va cercenando nuestra voluntad, nuestra objetividad y nuestra capacidad de comprensión.
Tenemos el maltrato físico, psicológico, el maltrato económico, y el maltrato institucional, este último abusando de su poder vulnera el principio de trato digno y respetuoso hacia los ciudadanos. Pero ¿por qué nos centramos solo en uno de ellos?  ¿Solo vemos un aspecto del maltrato? Está claro que la cruda violencia nos deslumbra, pero no nos debería deslumbrar al punto de impedir la búsqueda de su origen, o sus causas, o ¿es que LAS VEMOS SIN MIRARLAS Y LA OÍMOS PERO NO LAS ESCUCHAMOS?
Su falta podría facilitar el surgimiento de algún modo de soborno, que no tiene por qué ser solo económico.
El sistema es el que no funciona correctamente, o somos cada uno de nosotros los que en la lucha por la supervivencia, al ser parte del mismo los que estamos fallando; nuestra energía está en gran parte concentrada en esta lucha por superar al otro o superarse a sí mismo, vivimos en esta loca carrera donde oímos, de aquí y de allá, incluso repetimos lo que oímos una y otra vez, pero no escuchamos no lo interiorizamos, el miedo a enfrentarnos nos bloquea.
En cuántas reuniones hablamos todos al mismo tiempo, en un loco maratón para que me escuchen, me oigan, pero… no escucho con la debida atención, donde prime la comprensión al otro, se produce un picoteo de ideas y palabras, no existe la atención suficiente para, en mi turno de palabra, estar atento y enlazar mi pensamiento con la conversación grupal.
Nuestro individualismo prima ante todo. No nos gusta manejarnos como tribu y, si lo admitimos, es para acciones con relativa trascendencia y, sin embargo, admitimos formar parte de un rebaño al que nos están llevando sigilosamente, subrepticiamente, al corral de los borregos, donde podremos ocultar nuestra cobardía.
Si el adulto o el jefe o un compañero o un padre o el dirigente, ya sea político, religioso o social, no escucha por sistema a su hijo, o a su pareja, o a su subalterno, ¿cómo podemos pedirle al de abajo que sea él quien lo haga? El escuchar tiene dos vías.
Este es un acto que se repite a diario, lo vemos en las tertulias televisivas, en los debates políticos en el día a día, todos hablando al mismo tiempo. Con su actitud, son ejemplos negativos para la sociedad en su conjunto.
Una vez un alto cargo de la seguridad ciudadana con su autoridad me dijo, “el pueblo le votó y por ello el electo tiene todo el poder para hacer y deshacer a su antojo, eso es democracia.” Al escuchar me quedé mentalmente paralizada y no fui capaz de responder, pero, mi mente se quedó atrapada en esa expresión. Al salir de la reunión, le comento a una compañera: no reaccioné con rapidez, que confusión tiene este señor no sabe que, “antes de ello, democracia es que todos por igual respetemos las leyes de juego aprobadas por todos. Sin ellas esto sería una dictadura.”
Las causas, o el origen, en gran parte están en la educación, pero cuando hablamos de ella no solo es la que se imparte en los centros educativos o en la familia, sino que también, y no menos importante, es la informal, que se produce en determinados grupos sociales, en agrupaciones de aficionados, en medios de comunicación entre otros y en las manifestaciones de personas públicas e influyentes de la sociedad. Ellos, los influyentes, también con sus manifestaciones o actos están educando o maleducando.
Pero la educación también pasa por el ejemplo, generalmente esta es la que queda más gravada en nuestra mente para siempre.
Así que, tal vez debamos hacer una autocrítica y prestar atención a nuestras actitudes, a lo importante, y debemos preguntarnos.
Entonces, ¿podríamos decir que el maltrato, sea del tipo que sea, en parte proviene de la falta de interés por el “escuchar” de forma sistemática y/o “comprender” al otro?
¿ESTAMOS SOLO OYENDO, O ADEMÁS NOS ESTAMOS AUTONEGANDO LA CAPACIDAD DE ESCUCHAR?

G. de B.
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