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Antonio Salas, periodista de investigación

Antonio Salas es el pseudónimo de un conocido periodista de investigación que debe mantenerse oculto desde que su primera obra, ‘Diario de un skin’,  se convirtiera en el libro más vendido en España en 2003. También es autor de ‘El año que trafiqué con mujeres’ y ‘El Palestino’. Ha sufrido un duro golpe por la sentencia del Constitucional que declara ilegal la cámara oculta.

 Goizeder Lamariano

 “Traficantes de armas, proxenetas, sicarios y terroristas pueden vivir un poco más tranquilos”

Una sentencia del Tribunal Constitucional ha declarado ilegal el uso de cámara oculta en las investigaciones periodísticas. ¿Qué opinas?

La noticia me llegó en plena investigación. Un compañero me dio la mala nueva por mensaje de móvil. Por lo visto, y según el criterio del Constitucional, nuestras grabaciones tienen el mismo interés que las realizadas por cualquier programa de corazón, grabando clandestinamente al hijo de la Pantoja o Sara Montiel. Toda la angustia, el riesgo, el esfuerzo y el dinero invertido no valdrán para nada. No puedo utilizar las grabaciones de cámara oculta y me siento como un auténtico gilipollas. La próxima vez que intente hacer una investigación sobre el crimen organizado o documentar la violencia neonazi, el tráfico de mujeres y niñas para su explotación sexual o el terrorismo internacional deberé identificarme como periodista y solicitar de los amables neonazis, proxenetas o asesinos una entrevista. Seguro que estarán encantados de contarme sus delitos e incluso reproducirlos ante mi cámara. Desde ahora, y gracias a quienes deben ejercer la ley, traficantes de armas, proxenetas, narcos, sicarios y terroristas pueden vivir un poco más tranquilos.

¿Cómo, cuándo y por qué te hiciste periodista? 

Creo que nací. Siempre me ha parecido la tercera mejor profesión que se puede tener, después de la educación y la medicina. Y para la que estoy más capacitado. Descubrir la realidad en que vivimos y contarla a los demás es una buena razón para ser periodista.

¿Qué te ha dado esta profesión?

Perspectiva. La posibilidad de entender el mundo de una forma más plural y objetiva.

¿Y qué te ha quitado? 

Ingenuidad. Ya no me creo todo lo que veo en los medios.

¿Cómo empezaste con las investigaciones con cámara oculta? 

De forma totalmente casual. En 2001 Telecinco nos contrató a tres periodistas, un poco kamikazes, para realizar reportajes de investigación de alto riesgo y me pareció un reto interesante.

¿Qué te empujó a realizar las primeras infiltraciones? 

Cuando se creó el equipo de investigación, a mis dos compañeros les encargaron una investigación sobre el narcotráfico en Cuba y a mí infiltrarme en el movimiento neonazi. Fue algo totalmente aleatorio. Pero al descubrir la colaboración del Real Madrid y de algunos de sus jugadores más célebres con un grupo nazi como Hammerskin, a través de la peña Ultrasur, mi reportaje fue brutalmente censurado. Por eso decidí escribir el libro ‘Diario de un skin’ contando todo lo que no habían incluido en el reportaje.

¿Cómo ves el presente y el futuro del periodismo de nuestro país? 

Sometido a los intereses políticos. Como en todos los demás países. La investigación de ‘El Palestino’ me ha hecho ver la feroz instrumentalización política que se hace del terrorismo a través de los medios de comunicación que, salvo excepciones, están muy vinculados a la derecha o a la izquierda. Me temo que con demasiada frecuencia los periodistas somos más propagandistas que cronistas de la realidad. Es realmente difícil ejercer un periodismo independiente si trabajas para un medio que apoya una u otra tendencia política.

¿Qué te aportó ‘Diario de un skin’? 

Independencia. El éxito editorial del libro me permitió pagar toda la investigación de ‘El año que trafiqué con mujeres’ sin tener que depender de ningún medio, editorial, o partido político. Igual que las ventas de ‘El año que trafiqué con mujeres’ me permitieron pagar la investigación de ‘El Palestino’.

¿Y ‘El año que trafiqué con mujeres’? 

Un profundo escepticismo sobre el ser humano, las relaciones sociales y sobre todo mi género. Me aportó una gran vergüenza de ser hombre.

De todas estas experiencias, ¿qué guardas más, amigos o enemigos?

Evidentemente este tipo de periodismo te origina muchos enemigos. Todos merecidos. Es lógico que alguien que termina procesado judicialmente o ingresando en prisión a causa del trabajo de un periodista no estará agradecido precisamente. Sin embargo son cientos, te prometo que no exagero, los chicos que me escribieron para decirme que habían dejado el movimiento nazi tras leer ‘Diario de un skin’, o las chicas que me escribieron para comunicarme que dejaban la prostitución tras leer ‘El año que trafiqué con mujeres’. Recibí un mensaje de un joven árabe musulmán que había leído ‘El Palestino’ poco antes de salir para un campo de entrenamiento en Líbano, decidiendo renunciar a la lucha armada después de leer el libro. Esas personas y sus padres, hermanos o amigos, que también me han escrito, eclipsan todo el odio, los insultos y las amenazas.

¿Te pones algún límite? 

Solo uno, comprender a esas personas. La ventaja de no tener que rendir cuentas a nadie más que a mis lectores significa que nadie me obliga a entregar mis trabajos en una fecha determinada. Considero que la investigación no concluye hasta que comprendo totalmente qué sienten, qué piensan, por qué hacen lo que hacen. No importa si para eso tengo que invertir uno, dos o seis años de mi vida.

¿No tienes miedo? 

No soy valiente en absoluto, al contrario. En este oficio se pasa mucho miedo. Tanto en la fase de la infiltración como, sobre todo, cuando publicas el libro y el documental y los objetivos de la infiltración descubren que eras un periodista infiltrado. Porque a partir de ese momento es cuando comienza el odio y las ganas de venganza de quienes no han comprendido tus intenciones y pasas a convertirte en su objetivo.

¿En qué estás trabajando ahora? 

Creo que no es muy prudente divulgar el objetivo de una infiltración en pleno proceso de la misma.

¿Cómo y por qué eliges los temas de tus infiltraciones? 

A veces pienso que son los temas los que te eligen a ti. La infiltración de ‘El Palestino’ surgió  el 11 de marzo de 2004, tres días después de haber presentado en Madrid ‘El año que trafiqué con mujeres’. Y durante el proceso de esta infiltración me encontré con muchos temas colaterales que merecerían una investigación y en eso estoy ahora.

¿Cómo viviste ser testigo protegido en un juicio contra skin heads?

Con mucha angustia. No es agradable declarar contra personas con las que compartiste muchos momentos durante una infiltración. Gracias a contactos que mantengo en el movimiento skin, justo antes del juicio pudimos averiguar que los neonazis habían hecho una colecta para contratar a un sicario que evitase mi declaración. Por eso la Guardia Civil y la Policía se implicaron de forma espectacular en mi seguridad y la de mi familia. Mi llegada a la audiencia, oculto en el coche de policía y rodeado de agentes, quizás fue un poco excesiva. Pero lo importante es que se consiguió una sentencia que ha marcado un precedente a nivel europeo contra los delitos de odio, que ya se ha aplicado en otros juicios similares. Las agresiones racistas ya no tienen la misma impunidad jurídica que antes. Y eso es algo que hay que agradecer a la impecable investigación de la Guardia Civil.

¿Sigues queriendo ingresar en un hospital psiquiátrico? 

Más que quererlo, siento que lo necesito. Aunque la infiltración de ‘El Palestino’ fue más larga, cara y  peligrosa, la investigación de las mafias del tráfico de niñas y mujeres fue muchísimo más dura y destructiva psicológica y emocionalmente.

¿Te sientes seguro?

El día que una persona amenazada por grupos criminales o terroristas o un testigo protegido en esos juicios se siente seguro es cuando comienza a cometer errores. El miedo o la inquietud te ayudan a ser prudente y a estar alerta. Así que es bueno no confiarte demasiado.

¿Te arrepientes de algo?

De mi ingenuidad. De haber perdido tiempo y dinero siguiendo pistas falsas, al creerme que Google, Wikipedia o los medios occidentales eran una buena fuente para investigar el terrorismo internacional.

¿Y de no haber hecho algo?

Es una sensación inevitable. Recuerdas a chicos muy jóvenes que conociste en una manifestación nazi, a niñas que viste en algún burdel, a muchachos nacionalistas o devotos con los que coincidiste en un grupo armado y piensas que siempre podrías haber hecho algo más por ellos o que tal vez deberías haber hecho esa infiltración antes, para demostrarles que son unos pobres borregos manipulados. Hagas lo que hagas, siempre sientes que podrías haber hecho más.

¿Cómo viviste la muerte de Bin Laden? 

Con un sabor amargo. Todos sabíamos que su ejecución era cuestión de tiempo. Bin Laden no podía terminar en una prisión como un detenido más. Conocía demasiados secretos y la experiencia de la historia del terrorismo internacional nos enseña que su confinamiento acarrearía atentados en todo el mundo hasta conseguir su liberación.

¿Te has convertido al Islam después de ‘El Palestino’? 

Por supuesto. Es lo mejor que me he llevado de esta investigación. Antes de empezar la infiltración yo no sabía nada sobre el Islam ni la cultura árabe. Solo ese montón de tópicos y prejuicios con los que nos han bombardeado a los occidentales desde el 11-S, para satanizar todo lo que tuviese relación con los musulmanes o con los árabes, que no son necesariamente lo mismo.

¿Qué es para ti el terrorismo?

Un comodín político muy útil, que intrumentaliza a su conveniencia tanto la izquierda como la derecha. Y los terroristas unos ignorantes, muchas veces cargados de idealismo, que solo tienen un destino: la cárcel o la muerte.

¿La justicia, la verdad y el periodismo valen más que tu propia vida? 

Mi forma de periodismo tiene muchos menos riesgos y mucho menos mérito que la de cualquier reportero de guerra que nos permita saber lo que ocurre en los frentes de lucha de todo el mundo. Muchos colegas, como mi compañero José Couso, murieron ejerciendo ese periodismo. Y en mi caso los riesgos que puedes asumir en una infiltración resultan justificados cuando recibes esas cartas y emails de cientos de personas que renunciaron a la violencia racista, a la prostitución, al yihadismo por lo que tú has escrito en un libro. Tú también eres periodista ¿no te parece que es la mejor forma de que valoren nuestro trabajo?

¿Qué le dirías a la gente que no te cree? 

Que no crean nada. Yo tampoco me lo creería, por eso no puedo exigir la fe de nadie. Para eso están las grabaciones de cámara oculta. Yo no cuento todo lo que he visto o vivido, porque sé que sería demasiado increíble. Solo cuento lo que está grabado y para eso están los documentales. Y por increíbles que puedan parecer algunas cosas que cuento en el libro, todas están grabadas. Así que no hay nada que creer. Basta con ver los documentales. Además cuento cada paso de la infiltración y cómo he llegado a cada personaje y a cada circunstancia. Así que es fácil entender cómo he conseguido cada cosa.

¿Nunca has pensado trabajar acompañado? 

Yo puedo asumir los riesgos, los cambios de vida o los sacrificios que implica vivir con una doble o triple identidad, pero no puedo exigir a ningún compañero que asuma esos mismos sacrificios, ni mucho menos responsabilizarme de que pueda ocurrirle algo. Durante estas investigaciones varias veces me he encontrado con policías implicados en los delitos y con compañeros periodistas también implicados o simplemente desbordados por la envidia. Y ellos han sido mis mayores riesgos, porque en varias ocasiones intentaron delatarme. Por eso prefiero trabajar solo.

¿Cómo te definirías?

Como un periodista mediocre, que ha tenido suerte en sus últimos trabajos. Cualquier otro compañero habría hecho lo mismo, mucho mejor que yo y en menos tiempo.

 ¿Sigues en contacto con Ilich Ramírez alias Carlos el Chacal o con alguno de tus compañeros?

Con Ilich no. Le envié un ejemplar del libro y una carta cuando se publicó ‘El Palestino’, pero nunca me respondió. Y comprendo sus razones. Imagino que no se sentirá cómodo al descubrir que un simple periodista español había conseguido quebrar sus legendarias medidas de seguridad. Y solo él y yo sabemos todas las cosas que me contó en nuestras conversaciones telefónicas. Sin embargo sé que está al día de lo que hago. Pero con otros camaradas venezolanos, libaneses o palestinos, sobre todo musulmanes, sí continúo manteniendo una buena relación. Han sabido comprender lo que intento hacer y saben que tengo razón.

¿Son todos los terroristas iguales?  

Absolutamente. Las ideologías son solo una experiencia adolescente o una justificación comercial. Para mí fue demoledor descubrir que grupos violentos, de derechas e izquierdas, colaboraban juntos cuando les convenía. Fue alucinante descubrir que el Chacal, un icono de la lucha revolucionaria comunista, siempre ha colaborado con los nazis. Fue increíble regresar, como Muhammad Abdallah el palestino, a los mismos locales nazis, como la Librería Europa de Barcelona, donde había acudido hace años como Tiger88, durante la infiltración de ‘Diario de un skin’, para asistir a conferencias de radicales musulmanes organizadas por los nazis. Cuando hay un objetivo común, sea comercial, táctico u operativo, las ideologías pasan a un segundo plano.

En ‘El Palestino’ narras la relación entre skin heads y palestinos a los que une su odio a Israel. ¿Tan simples somos los seres humanos?

No solo simples sino absolutamente iguales. Lo maravilloso de tener que convivir 24 horas al día con personas de ideología, lengua, raza o religión diferentes a la tuya es que descubres que al final todos somos iguales. Nuestros miedos y esperanzas son, en el fondo, los mismos. Todos buscamos lo mismo: la felicidad y solo cambian los caminos que recorremos para llegar a ella. Sin embargo somos tan estúpidos que permitimos que los políticos, las multinacionales o los medios subrayen nuestras diferencias en lugar de nuestras semejanzas. Pero eso es algo que ha ocurrido y seguirá ocurriendo mientras continuemos delegando en otros nuestras decisiones.

¿Qué es lo mejor y lo peor que has oído de tus tres libros?

El día que leí, en un cibercafé de Ramallah, cómo un compañero periodista, colega y vecino del fundador de la federación española de burdeles, me criticaba por mi investigación sobre las mafias de la prostitución y me retaba a irme a Palestina o a infiltrarme en el terrorismo islamista, “si tenía huevos”, me conciencié de que no vale de nada leer las críticas. Porque yo ya estaba en Palestina  infiltrándome en el terrorismo yihadista, pero no podía responder a su crítica para defenderme. Yo solo puedo defenderme con mi trabajo. Pero creo que basta con leer quiénes son los que atacan mis libros para deducir por qué lo hacen.

¿Cómo es un día en la vida de Antonio Salas?

Como el de cualquier testigo protegido o cualquier persona amenazada por ETA, el crimen organizado o cualquier organización criminal. Es muy importante no tener rutinas predecibles. Cada día es distinto a todos los demás.

¿Se acaban tus investigaciones cuando publicas un libro?

Al contrario. Comienza lo verdaderamente interesante. No solo porque es entonces cuando se potencian investigaciones policiales o procesos judiciales, sino porque aparecen nuevas fuentes. Lectores que se ponen en contacto para ofrecerme nuevas pistas, para confirmar mis intuiciones o para corregir mis conclusiones si son erróneas.

¿Sigues siendo Muhammad Abdallah?

Sí. En mi humilde opinión la clave de un buen infiltrado es no mentir, o mentir solo lo imprescindible. Debes buscar en tu propia personalidad todos los nexos en común con el personaje que vas a crear para la infiltración y sustentar en ellos la base de tu nueva identidad.

¿Has conseguido comprender y entender a los terroristas?

Sí, de lo contrario no habría terminado aún la infiltración. Creo que comprendo perfectamente las motivaciones, los prejuicios, las creencias, los miedos y los anhelos de los terroristas, como antes comprendí a los neonazis o a los proxenetas. Pero que los comprenda no significa que los justifique. De hecho, si muchos de ellos dejaron esos grupos después de leer mis libros es porque se sintieron identificados con mis palabras. Porque no les juzgo y porque descubren su propio mundo a través de mis ojos. Y por eso aceptan mi relato como una voz autorizada que ha vivido como ellos y además ha descubierto que son unos peleles manipulados por sus respectivos líderes. De otra forma ninguno se habría sentido tentado a dejar el grupo y simplemente me odiarían.

¿Qué les dirías a las víctimas de Al Qaeda, ETA o Hizbullah?

Que todo el desprecio, la rabia y la sed de justicia que sienten es justificada. Que los argumentos de los terroristas son falsos y bastardos y no tienen otro objeto que acallar sus conciencias y justificar su forma de vida. Que para un terrorista matar por primera vez es difícil, pero una vez han matado deben radicalizar su discurso para acallar la culpabilidad y justificar sus crímenes, con una causa libertaria, religiosa, revolucionaria o nacionalista. Todas son patrañas. Todavía deberíamos endurecer más las leyes por delitos de terrorismo, hasta el límite de la democracia. Y quien ha matado, debe experimentar el mismo dolor y sufrimiento que ha causado a esas familias.

¿Qué buscas a la hora de leer?

Información. Reconozco que soy un enfermo del dato. Si vieses mis cuadernos de notas verías hasta qué punto esa obsesión es casi enfermiza. Creo que podría decirte exactamente qué estaba haciendo en cualquier minuto de cualquier día de cualquier infiltración. Por eso mis libros rebosan información y datos. Opino que otros analistas, más cualificados que yo, quizás podrán sacar mejores conclusiones y hacer una prospectiva más útil de la información que yo obtengo. Y por eso también busco sobre todo ensayos. No suelo leer ficción.

¿Cuáles son tus autores favoritos? 

Hay muchos periodistas de investigación que escriben libros y a ellos suelo remitirme como John Lee Anderson, a quien tuve el honor de conocer personalmente durante la infiltración de ‘El Palestino’ y casi desbarata toda mi identidad. También han existido grandes periodistas infiltrados que han escrito libros de culto, como Nellie Bly, Norah Vincent o por supuesto el gran maestro Günter Wallraff.

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